UNA CANCIÓN NOS TRAJO HASTA AQUÍ

Jorge Drexler en Monterrey

“Una canción me trajo hasta aquí”, cantaba Jorge Drexler esa noche del 23 de Septiembre; y me hacía pensar en muchas canciones, generalizadas en una, que me habían traído a este lugar, esta noche y con esta compañía. Somos canciones, porque nuestra vida está representada en ellas y nuestros recuerdos guardados en éstas.

Ahora, inevitablemente cada vez que escuche esta canción, me vendrá el recuerdo de estar en el Café Iguana un martes por la noche, sonriendo y aceptando que más de una canción me han traído hasta este punto de mi vida.

Drexler vino a Monterrey por primera vez y no lo hizo solo, como quien temeroso llega a tantear el terreno antes de traer a los suyos, sino que llegó acompañado de siete músicos y un productor que igual hacía de músico como de ingeniero de audio.

Desde que comenzó el concierto, lo primero que hizo fue decirnos simbólicamente que veníamos a divertirnos, que quedaban afuera los clichés y estereotipos y que aquí no cabían las poses y que los músicos sí saben bailar, pues antes de cantar cualquier cosa, lo que hizo fue una coreografía con todos los músicos muy al estilo de una boy band, lo cuál la gente inmediatamente aplaudió, pues se agradece que lo primero que haga un artista como él sea quitarse los estereotipos.

El candombe, la samba, la cumbia y el danzón fueron ingredientes que se mezclaban con elementos electrónicos, con las armonías del pop de buena manufactura y con letras que tocaban un fragmento de la historia de cada uno de los que ahí estábamos. Canciones de una belleza poética, tan grandes como un segundo de aire; tan necesarias como soñar.

Jorge hizo un recorrido con canciones de todos sus discos, aunque sí dio la impresión de haber seleccionado aquellas que tuvieran un tempo mas elevado y que se prestaran para hacer un concierto más dinámico. Incluso hubo canciones, como “Deseo” o “Todo se transforma” que fueron modificadas de sus versiones originales.

Foto tomada de cuenta de twitter.

Foto tomada de cuenta de twitter.

El traje del Café Iguana quedó a la medida de Jorge Drexler, casi como hecho por un sastre. El lugar lució lleno. Ocupó todo el espacio pero sin tumultos, con la libertad de poder moverte de un lado a otro sin necesidad de estar aventando o empujando a otras personas.

A la mitad del concierto Drexler se quedó solo con su guitarra y voz. Dijo que eso no estaba en el programa pero que como era la primera vez en la ciudad, había decidido mostrar esa parte más íntima a los regiomontanos. Así, aparecieron una serie de canciones que Jorge mostraba desnudas a un público que con una voz a coro acariciaba la piel de éstas.

Debo resaltar el excelente trabajo que hicieron los músicos y el ingeniero. El audio siempre gozó de un nivel de volumen que no aturdía ni molestaba, sino todo lo contrario: se disfrutaba. Los músicos dejaban hacían música dejando correr las canciones como niños por la colina, las matizaban a su antojo. Descargaban fuerza sobre su instrumento, al igual que disminuían hasta llegar a la frontera del silencio, una frontera difícil para muchos músicos.

Jorge es congruente con su música. Todo el tiempo se le veía agradecido con quienes ahí estábamos. Y nos lo hacía saber. Sonreía asombrado cada vez que la gente cantaba una canción con voz firme y él preguntaba cómo es que sabíamos todas sus canciones. Nos sentíamos cercanos a él y él a nosotros, en esto influyó también el Café Iguana, pues sin duda este escenario se presta para sentir esa cercanía entre el artista y su público.

Después de un encore, Drexler regresó para hacer un par de temas más, con los que cerraría el concierto de dos horas que se había sentido apenas como minutos. Queríamos más canciones, más música, más Jorge, pero con esto estábamos contentos.

Cuando el concierto terminó y la gente comenzó a salir, se podía notar la cara de la felicidad en todos nosotros. Ese es precisamente el poder de la canción: transformar, aunque sea un momento, nuestro entorno. En ese momento todos estábamos contentos y felices por haber cantado, vivido y recordado durante el concierto cosas de nuestra propia vida; como una especie de cita con nuestro presente y nuestro pasado en la misma mesa y en la cuál hemos bien conversado.

Después tuve oportunidad de platicar con él y me di cuenta que el artista y la persona eran el mismo, ambos de una humildad que solo los grandes artistas poseen.

Esa noche del 23 de Septiembre, a muchos una canción, o muchas, nos llevó hasta ahí.

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